lunes, 18 de julio de 2011

La feliz ausencia de lo racional

A veces no es necesario que tu equipo gane para enamorarte. Habemos algunos trastornados que preferimos el sufrimiento, luchar contracorriente, escupirle al destino. Decirse grande más con la pretensión de creerlo uno mismo que de proclamarlo al mundo. Saber que todo se puede perder pero lo importante es preservar la dignidad cueste lo que cueste.

Tal vez pocos lectores se puedan identificar con el tributo al personaje de la historia pero SÉ en el fondo de mi corazón y de mi pensamiento que todos tenemos una historia así. Algo irracional, con un toque de locura e injustificable, siendo objetivos. Cambian los nombres, cambian los tiempos pero hay jugadores diferentes.

Desde chico mi papá nos inculcó a mi hermano y a mí el cariño a la camiseta del Monterrey. Me tocaron años difíciles para ser Rayado: el desastre de Lankenau, difícilmente avanzar a la Liguilla, ser un flan completamente en cada visita a la Capital (recuerdo varios 6-0 en contra *gulp*) y asoleadas constantes en la tribuna de Sol.

Pocas cosas me motivaban a ser Rayado, lo confieso. Una de ellas, la más importante tal vez, era un joven argentino de larga cabellera, complexión delgada y corta estatura: Sergio “El Pibe” Verdirame. Perdonen si exagero pero en mis recuerdos era un crack: conducía el balón con elegancia, tremenda velocidad, disparaba bien de media y larga distancia, driblaba con eficiencia y tenía una zurda educada. Sobra decir que mi playera de los Rayados tenía estampado su número 11 en la espalda.

El tiempo pasó, las cosas no cambiaban y mi equipo cometió una vileza irreparable, al menos así lo consideré yo en su momento: Verdirame se va del equipo. Explíquenle a un niño de 11 años que su ídolo va a cambiar de playera, que ya no va a defender más los colores de su equipo, que probablemente jugará en contra y quién sabe, a lo mejor anota.

Crecí yo y creció también el Pibe. En el 2002 seguía apasionándome pero ya tenía 16 años. Era un adolescente con ínfulas de adulto, un poco detestable como todo adolescente. Sin embargo cuando apareció la noticia de que Verdirame regresaba a los 32 años al Monterrey, tras 3 años de retiro, a calentar la banca y buscar ganarse un lugar en el 11 titular como cualquier novato... Les hago la pregunta: ¿Quién puede olvidar al ídolo que tuvieron a los 11 años?

El 14 de septiembre del 2002, el Monterrey jugó un partido intrascendente para la estadística en el Estadio Tecnológico. En la jornada 8 del torneo Apertura le correspondió hacer el papel de anfitrión ante el Querétaro, que nunca ha sido precisamente uno de los clubes más fuertes en el Futbol Mexicano.

Ganaba el Monterrey 1-0 y todo parecía común y aburrido cuando al minuto 85 el DT Daniel Alberto Pasarella llamó al Pibe, que por primera vez en el torneo estaba disponible para jugar, para que reemplazara a Antonio de Nigris. Dos minutos pasaron y tras un largo despeje del portero Omar Ortiz, el balón techó al defensa y Verdirame arrancó por la izquierda, listo para encarar al portero.

Hay instantes que duran una vida. A mí esos segundos me duraron una infancia. Fue recordar, añorar, saber que las cosas habían cambiado de una manera definitiva, completa y que ya no iban a ser iguales. Verdirame y yo ya no éramos los mismos. Entiéndame, querido lector, sé que era un partido como cualquier otro y sin embargo ese momento es parte importante de mi vida como aficionado. Sé también que, aunque lo niegue vehementemente, usted también tiene un partido así implantado en su alma de aficionado.

A veces la vida es necia y cruel, irrumpe en medio del destino y lo corrompe, destruyendo los planes trazados en la más romántica de las mentes. Sin embargo, ese momento fue respetado. Entró por la izquierda sólo y definió de zurda (¡de qué otra manera iba a ser!)

Verdirame corrió hacia la banca gritando su felicidad y derramando lágrimas. Era un momento especial: para él, para mí, para muchos aficionados. No ganó un solo campeonato de Liga con el Monterrey, ¿por qué lloraba él? ¿Por qué lloraba yo?

A veces lo más difícil de justificar razonablemente son los sentimientos. No sé, no recuerdo otra cosa de esa temporada. Leo ahora que jugó unos minutos más en otro partido pero para mí ahí se retiró. Sí, hay momentos que valdría la pena enmarcarlos en la memoria.

miércoles, 6 de julio de 2011

La pureza como bandera

2 de octubre del 2005. La Selección Nacional de México, en su modalidad sub-17, se encuentra disputando la Final del Mundial de la categoría contra su “similar” de Brasil. Jamás había visto éso y dudaba muchísimo de verlo en algún momento. Y ahí estaban, para sorpresa de un país entero, los casi niños mexicanos: sonrientes, desafiantes, despreocupados, llenos de coraje y hambre de ser.

Para el que ahora escribe, más sorprendente que el hecho de que la Selección Mexicana se encontrara en la Final, es el hecho de que me acompañó en ese momento mi mamá frente al televisor. Ella que huye ante las conversaciones de futbol familiares, que siempre elige refugiarse en un libro durante los partidos televisados, que nos invita a la mesura y describe a los futbolistas como brutos cuasi mercenarios que se adueñan del tiempo e intelecto del público.

Más allá de si tiene algo de razón o no, quiero enfocarme en el hecho de que en ese momento ella estuvo ahí conmigo, emocionándose y festejando los goles de los jóvenes futbolistas. Todavía más: jamás lo reconocerá pero estoy seguro que vi sus ojos llenarse de lágrimas impulsada por el sentimiento de orgullo, esperanza y admiración ante la más hermosa faceta del futbol, mientras luchaba por no derramarlas y provocar las burlas de nosotros, sus hijos.

Y es que ver a estos muchachos jugando conmueve. Todavía no son estrellas. Algunos de ellos a lo más que llegan es a promesas. De ésos, solo unos cuantos proseguirán su camino y brillarán en el plano internacional. La mayoría tal vez juegue profesionalmente, unos con más pena que gloria. Algunos ni eso.

Por ésta razón, verlos en esa etapa de su carrera futbolística es lo más cercano que estaremos de verlos limpios, puros, no viciados.

No hay que generalizar, pero hay que ser realistas: muchos futbolistas profesionales anteponen el beneficio económico sobre el factor diversión, y está bien, el futbol es un negocio. Muchos son los jugadores jóvenes que, vislumbrando la grandeza, pierden el piso y terminan olvidados por esta maquinaria siempre renovable. Tristes e innumerables son las historias de aquéllos que dejaron escapar su oportunidad de renombre al cometer errores y no tener oportunidad de rectificar.

Muchos futbolistas aprenden “mañas”. En el tiro de esquina, el defensor insulta de mil y un maneras al delantero rival para sacarlo de concentración. El delantero rival, al enfilar al área enemiga, siente un rozón en la parte posterior de la pierna derecha y cae desplomado mientras rueda por el suelo… sale de la cancha con un rictus de dolor en el rostro, e inmediatamente se para, hace unos estiramientos en la lateral de la cancha y regresa a la cancha trotando tranquilamente. Jalones de playera, recordatorios maternales, tocamientos para distraer, escupitajos, entradas desleales para ablandar al rival… Todo aquéllo que es ilegal pero “justificable” para algunos en el futbol profesional. Lo importante es ganar.

Aquí no. Cae un rival e inmediatamente el balón sale de la cancha. La mayoría de las faltas son verídicas; ningún jugador quiere caer y dejar escapar la oportunidad de anotar el gol, de hacer feliz a su equipo, su familia y a su país.

Sí, son jugadores en etapa de formación. Todavía les falta depurar muchos conceptos de juegos, muchas herramientas de las cuales se valdrán más adelante; por lo mismo, hay errores en la marcación, desaciertos ofensivos, malas salidas de los arqueros… Todo esto contribuye a un mayor espectáculo, a marcadores más abultados, a llegadas constantes de ambos lados. Es un futbol más torpe tal vez, pero muchísimo más noble y más agradable a la vista y al corazón.

Los que han estado siguiendo este torneo, ¿con qué se han emocionado más: Mundial sub-17 o los partidos disputados hasta ahorita en la Copa América? ¿Dónde han visto mayor espectáculo? ¿Cuál competición los ha conmovido?

Durante esta competición es cuando más orgulloso me he sentido de este deporte y todo lo que provoca. Lo más bello del futbol, para un servidor, no es todo el dinero que mueve, ni la mercadotecnia, ni la táctica, ni siquiera los jugadores de talla internacional. Me enorgullece y me emociona que sea capaz de tocar las fibras sensibles de toda aquella persona que está dispuesta a observarlo como si fuera un niño.

martes, 28 de junio de 2011

Selección Mexicana: Indisciplinas comunes


Como se ha vuelto costumbre al hablar de la Selección Mexicana de futbol, todo lo que se pueda decir cae en el terreno de la especulación. No hay datos concretos todavía, hay versiones aparentemente contradictorias y, no obstante el reciente Clembuterol-gate, el periodismo mexicano futbolero parece no abandonar las prácticas respecto al manejo de estas situaciones.

Sin embargo, en este momento trataré de ser lo más imparcial y objetivo posible.

1.- La saga comienza en el momento en que varios jugadores integrantes de la selección que participará en la Copa América 2011 reportaron robos en sus respectivas habitaciones. Los jugadores afectados aparentemente fueron Oribe Peralta, Liborio Sánchez, Diego Reyes, Jorge Enríquez, Jonathan Dos Santos, Néstor Vidrio, Luis Michel, Marco Fabián y Rafael Márquez Lugo. Según datos anunciados por la embajada mexicana en Quito, el monto del robo asciende a 15,334 dólares.

2.- Hasta aquí todo “bien”. Los jugadores presentan la queja por el robo, indignados al haber sido sustraídos artículos varios directamente de sus habitaciones. No hay espacio para muchos sospechosos: tuvo que ser alguien con acceso a las llaves para las habitaciones. El detalle es que el gerente del Hotel de Quito, Robert Ramia, da a conocer que un “utilero” (todavía desconocido) de la Selección Mexicana introdujo a 5 mujeres de dudosa reputación a las habitaciones de los futbolistas y hay un video que respalda sus afirmaciones. Además, fueron encontrados 5 preservativos usados en la habitación de Néstor Vidrio y Jonathan dos Santos (¡así somos los mexicanos, machos cumplidores, AJÚA!).

3.- No se trata de ponernos en un pedestal moral para indicar lo acertado, erróneo o qué tanto derecho tienen los jugadores de hacer lo que se les antoje en “sus tiempos libres”. Como podemos recordar, ése fue el argumento esgrimido por los seleccionados después de la fiesta en Monterrey que “se les salió de control” o mejor dicho, los pescaron en la movida. Si nadie se hubiera dado cuenta, ¿ustedes creen que los directivos los hubieran sancionado? ¿O que se hubiera hecho tanto escándalo?

Son jugadores profesionales, con responsabilidades y obligaciones que los llevan a procurar la disciplina en todas las áreas para rendir al máximo. A pesar de la divergencia de opiniones al respecto, la opinión predominante en esta cuestión es que el jugador que se prepara para una competencia de alto nivel debe procurar la abstinencia sexual para evitar el malgaste de energía.

4.- En nuestro México lindo y querido difícilmente una acusación se puede comprobar. Máxime cuando los involucrados son figuras mediáticas, que gozan de protección y un público que les perdona casi cualquier cosa, salvo una nueva derrota ante los gringos. Si en nuestro país se trata al acusado como presunto culpable hasta que se demuestre lo contrario (y a veces ni así), los futbolistas son seres privilegiados que muchas veces (no siempre) disfrutan de trato preferente, las mujeres quieren estar con ellos y los hombres quisieran ser ellos, etc. Aún más, en pocos países como en el nuestro abundan los casos de jugadores jóvenes que pierden piso ante las primeras semblanzas de éxito. Culpemos a la cultura, a la falta de ella, a las costumbres y a la importancia que tiene el futbol como fin y no como medio para salir de la pobreza. No se prepara a nuestros futbolistas para enfrentar el éxito de una manera madura, responsable, adulta. Por esa razón, muchas veces caen en excesos.

5.- Supuestamente, todo esto pasó un día antes del encuentro contra Ecuador, que ganó México 1 a 0 con gol de Marco Fabián. Supongamos que todas las acusaciones son ciertas: ¿Afectó en el rendimiento? ¿Quedaron a deber? Ahora bien, ¿está prohibido en el reglamento? De ser así, cualquier debate sobre moralidad o falta de la misma viene sobrando porque se habría roto con las normas establecidas por la dirigencia. Claro, dentro de esas mismas normas idealmente tendría que estar considerada una situación así y las medidas a tomar.

Con los antecedentes recientes creo que ya es hora de sacar algunas lecciones y aplicarlas para no volver a aparecer en las notas periodísticas con estas situaciones francamente vergonzosas, sean o no inventos de la prensa amarillista. Recordemos, la información es poder y cuando aparece una acusación de este calibre lo que menos va a pensar el público mexicano es en la moralidad intachable de nuestros futbolistas.

a) Vivimos en la edad de la información. Cada movimiento que hagan, como figuras públicas, será observado y debidamente reportado. Hay que actuar con la conciencia de ello. Sí hay jugadores que se han mantenido al margen de polémicas y problemas porque han actuado inteligentemente y manejado a los medios a su favor, proyectando una imagen positiva e inspiradora. ¿Por qué no seguir su ejemplo?

b) Si se rompieron los reglamentos tiene que haber castigos, sin importar el tamaño de la competición ni qué tan afectado quedaría el plantel. Sí, una cosa es la vida personal FUERA de la selección y otra muy diferente es la vida personal como integrantes EN ACTIVO de la selección. Son responsables de sus actos.

c) Además de los cambios en mentalidad táctica y en preparación física, creo que es urgente llevar un adecuado manejo psicológico de los jugadores. No sé en qué manera se realice actualmente, pero aunque sea más tardado y más complicado, tendría que realizarse en un enfoque uno-a-uno para facilitar el proceso de cada futbolista.

d) Se exige de acuerdo a la edad. Si en su momento a Martín Galván se le suspendió de las selecciones menores sin haber llegado contundentemente a una versión oficial aclaratoria, se le debe exigir más a los jugadores supuestamente más maduros. En el futbol como en la vida, hay que hacerse responsables de los actos y de los errores cometidos, así como se reciben halagos y admiración posterior a los aciertos.

La transparencia es algo a lo que cualquier organismo debe aspirar. El día de hoy la FMF tiene una oportunidad para avanzar en este campo.

¿Qué es lo que más probablemente pasará? ¿Necesito recordarle al lector de dónde es originaria esta Selección y lo que generalmente pasa en nuestro país en cuestiones legislativas? Pero no perdamos la fe, esperemos la resolución del caso.

martes, 21 de junio de 2011

Me van a tener que disculpar



Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.

Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de Y, no sé, habría que pensarlo; o tal vez arriesgo un vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta;. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos.

Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.

Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta.

Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”. Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y, aunque sea, les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero van sintiendo un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos, todos los que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó opto por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida, yo conservo el deber de la memoria.