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martes, 21 de junio de 2011

Me van a tener que disculpar



Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.

Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de Y, no sé, habría que pensarlo; o tal vez arriesgo un vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta;. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos.

Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.

Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta.

Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”. Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y, aunque sea, les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero van sintiendo un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos, todos los que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó opto por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida, yo conservo el deber de la memoria.

lunes, 14 de marzo de 2011

El Diez no es Dios


Parafraseando a Roberto Gómez Junco, analista de Televisa Deportes: puesto que se dice que son incomparables, es necio entrar en comparaciones.

¿Pero cómo no compararlos, cuando las similitudes son demasiadas? Tantas, al menos, como las diferencias que los separan.

Empecemos con las similitudes. Ambos son argentinos. Ambos son zurdos, aunque bueno, uno más que el otro. Los dos han sido capitanes de su Selección, aunque de nueva cuenta: uno más que el otro. Los dos son de estatura baja. A pesar de que no juegan siempre como delanteros nominales, tienen una cuenta de goles destacada.

Salvo la pequeña gran diferencia de que el siguiente gol uno lo anotó con su Selección en uno de los partidos más simbólicos en la historia de los Mundiales de futbol y el otro lo anotó en un partido de la Liga española sin mayor trascendencia, el gol de Lionel pudo ser fácilmente relatado por el mismo Victor Hugo Morales.



Con las mismas condicionantes, podemos encontrar un símil de la famosa Mano de Dios. Claro está que uno ha sido crucificado y tachado de las peores cosas que se le pueden imputar a un ser humano, y el otro (hasta el momento) es el niño dorado del futbol internacional, incapaz de cometer pecado alguno.




Es que a pesar de ser tan similares, son bastante diferentes. Aunque parezca que Messi está destinado a caminar el sendero ya marcado por Diego, él lo quiere caminar a su manera. Una manera más discreta, menos conflictiva, más inspiradora, por decirlo de alguna forma.

Los dos son prodigios del futbol desde pequeños. La diferencia es que Diego permaneció en Argentina, ascendiendo paulatinamente, y Messi ni siquiera jugó en Argentina: a los 16 años estaba debutando en el primer equipo del Barcelona F.C.

Diego, a los 17 años, tuvo que tragarse el coraje y la humillación que le significó ser relegado del equipo argentino campeón del mundo en 1978. El DT César Luis Menotti a pesar de verle grandes condiciones, optó por dejarlo en casa, algo que el Pelusa jamás le perdonó.
Con la misma edad, Messi fue convocado para el Mundial del 2006. Si bien no fue titular en todos los juegos y no jugó en el partido en el que Argentina fue eliminado contra Alemania, recibió la oportunidad de foguearse.

En plenitud de facultades, Diego llegaba a España '82 con el peso de ser favorito. Maradona había sido contratado por el Barcelona, era considerado una de las figuras del futbol mundial y se esperaba mucho de él. Argentina avanzó a la segunda ronda, en el que en formato de grupos fue eliminado al caer ante Italia y Brasil. Diego salió expulsado en el último partido, y a pesar de las expectativas, Argentina regresaba a casa decepcionada.
En el que se esperaba fuera su Mundial, en Sudáfrica, Messi no pudo hacer gran cosa. Se mostró participativo, buscaba generar, pero no pudo anotar gol. Argentina avanzó a la segunda ronda, donde dio buena cuenta de México... y cayó estrepitosamente 4-0 contra Alemania de nuevo. También a él se le responsabilizó del fracaso argentino, porque venía de tener una campaña formidable con el Barcelona.

Ahora bien, aquí unos números:

LIONEL MESSI

MARADONA

Partidos con club

255

588

Goles en club

172

311

Partidos internacionales

76

115


Goles internacionales

29

47


Goles Totales

201

358

Partidos Totales

331

703


Como pueden ver, Messi a sus 23 años está aproximadamente a la mitad de los números de Diego. Si no ocurre nada catastrófico en cuanto a lesiones, en unos cuantos años lo rebasará, con la gran posibilidad de que lo haga con creces.

En cuanto a palmarés Messi lo ha ganado todo con el Barcelona a nivel clubes, de nueva cuenta, con la gran posibilidad de incrementar los trofeos en sus vitrinas dada su juventud. Maradona no brilló tanto en Europa no por la falta de capacidad, sino por el equipo en el que pasó la mayor parte de su carrera europea.

El plantel de aquél Napoli no tenía la calidad del Barcelona actual. A pesar de que Careca, Carnevale y Bruno Giordano tenían nivel internacional, no eran ningún Xavi o Andrés Iniesta. Ese Napoli era movido por Maradona única y exclusivamente, además de que se enfrentaba contra los poderos equipos del norte de Italia que estaban plagados de figuras.

En su 2º mundial, Diego consiguió levantar la Copa del Mundo. Ese equipo argentino no tenía ninguna figura aparte de él. Como ejemplo anecdótico está la declaración del Negro Enrique, el jugador argentino que tocó la pelota en ese gol antes que Maradona: Si no hacía ese gol después del pase que le di, era para matarlo”. Maradona recorrió en la jugada 60 metros y el pase de Enrique fue de apenas cinco metros.

Queda por verse si las estrellas se alinearán de nueva cuenta y Messi continuará en la emulación de su ídolo. La posibilidad es latente, pero yo la verdad lo dudo.

La diferencia más contundente entre los dos futbolistas es de carácter, un imponderable del futbol. Messi tiene el mismo o más talento que Diego, y éso ya es mucho decir. Anota goles de todas maneras, define con la zurda, de derecha, de cabeza. Juega y hace jugar a sus compañeros. Tiene la ventaja de que él sí puede utilizar su pierna derecha en el golpeo de balón, teniéndola más educada que Maradona.

Pero ese carácter que el potrero construyó en Maradona, esa rabia y ese deseo de mostrarse, de luchar contra todos, de no quedarse callado, de enfrentar a los grandes y escupirles en la cara, esa soberbia y amor propio que le impedían sentirse inferior... éso no lo tiene Messi, y éso no se compra ni se consigue con inyecciones de GH.

Nada me gustaría más que siguiera los pasos de Maradona... pero sinceramente, ¿cuándo ha declarado o hecho algo que lo califique como un jugador líder?

No... Messi juega como nadie en el futbol actual, pero él es solamente parte del engranaje.

martes, 2 de noviembre de 2010

El 50 del 10



Hablar de Diego Armando Maradona para el común de la gente es como hablar de la Iglesia, de las drogas, del aborto. Asumo que el lector está familiarizado aunque sea "por encimita" con la historia de Maradona, sus inicios, sus triunfos y sus demonios... entonces esto no será un intento más de biografía.

Tampoco va a ser una apología, porque ya antes la hizo Sacheri (Me van a tener que perdonar) y la hizo bien. Entender lo que representa para los argentinos es algo que el resto del mundo podemos imaginarnos pero jamás comprender. Los pueblos latinoamericanos hemos sufrido por circunstancias similares, pero creo que para ninguno el futbol es algo tan importante como para nuestros hermanos argentinos. Entonces, un triunfo tan contra todos, tan rabioso, tan lleno de rebeldía, tan con la cara al frente, con tanto orgullo y con tanto coraje... repito, apenas podemos imaginarnos lo que representa.

Entonces no es sorprendente que le perdonen todo. Tantos errores cometió y sigue cometiendo, pero esos años llenando de magia (perdón por el lugar común, pero no hay otra palabra) las canchas lo tienen puesto en un pedestal inalcanzable, impoluto, lejos de todo juicio.

Ahora bien, si le preguntamos a los ingleses todo cambia. Tomemos en cuenta que la relación Inglaterra-Argentina está lejos de ser la más cordial del mundo. En el mundial del '66, el capitán argentino Rattín, se encargó de enfurecer a toda una nación. La multitud lo despidió entre gritos de "Dago" (sudaca) y burlas. Si él encendió esa rivalidad, la guerra de las Malvinas lo convirtió en asunto serio.

Es fácil entender qué cosas tienen importancia y cuáles no. En la guerra se perdieron vidas de muchachos argentinos que fueron enviados por su gobierno en un afán político reeleccionista. Rendirse, y perder una isla que es poco más que un pedazo de roca fue algo de importancia.

El partido del '86 entre los dos seleccionados, no tiene importancia. Pero como dijo Arrigo Sacchi, "el futbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes." Era una revancha. Minúscula, sin consecuencias... pero una revancha al fin de cuentas. Por éso, los argentinos lo idolatran y los ingleses lo califican como un tramposo, como un drogadicto, como un cínico.

Y las maneras. El primer gol fue para demostrar que sí, era un cínico. Pero el segundo, para los argentinos... el segundo, para los ingleses... fue algo que culminó el cisma. No se puede demeritar algo así. No se puede dejar de valorar.

Que cometió errores, los cometió. Demasiados, y los sigue y los seguirá cometiendo. Que solamente en Argentina se le perdona todo, se le glorifica, se le mima y se le venera (literalmente... ahí exista la Iglesia Maradoniana), es cierto. Pero de qué otra manera se puede tratar al héroe, al ídolo de la casa, al más querido de todos los hijos.

Y no deja de ser un patrimonio de la humanidad futbolera. No se puede hacer menos su talento, su "bronca" contra todos y contra todo, su afán de brillar, de llegar hasta lo más alto.

Hablar de Maradona es hablar de algo polémico. Hay gente a favor y hay gente en contra. Para los expertos de la FIFA, el mejor jugador de todos los tiempos es Pelé. Para el pueblo futbolero, Maradona ganó la votación.

La historia de Diego es una historia pura de futbol. Y es el más triunfador de los rebeldes. Si Diego no hubiera ganado ese campeonato (porque lo ganó... solo), no sería una figura tan mítica. Pero lo tenía que ganar. Para ganarse su lugar en la historia aunque las autoridades no quisieran. Para demostrar que las historias de triunfos improbables son las mejores. Para que el niño de Villa Fiorito llegara a lo más alto del mundo.

Lo que pasó después, era lo lógico. Para arriba ya no podía ir.

Hace mucho que se espera su muerte. Sería lo normal, lo esperable. Alguien que ha vivido con tantos excesos, de una manera tan explosiva, sin prestarle atención a lo "normal"... hace años que ya debería estar 6 pies bajo tierra.

Sin embargo, Maradona cada 4 o 5 años sorprende a la gente. No muere. Al contrario, se reinventa. Aparece con unos kilos menos, con una arracada más, ahora canoso, ahora con barba. Y sigue sin poder mantener esa boca cerrada. Opina de todo. No conoce la moderación, y si la conoce, no la saluda ni de lejos.

Ese desparpajo que lo hacía brillar en la cancha, ahora lo mantiene en la órbita futbolera por su sinceridad. Porque podrá ser muchas cosas, pero que dice lo que piensa no se cuestiona, y éso no es tan común como debería.

Este es mi pequeño homenaje para en mi juicio, el futbolista más interesante que ha pisado una cancha. Y para una de las personas más interesantes que existe al mismo tiempo que yo. Felices 50 años, Maradona.

Veremos qué es lo que sigue. Creo que todavía le queda algún truco en la chistera.


// como addéndum:

Amigos me reprochan que sea tan "Maradoniano" siendo él argentino y yo mexicano. Que las drogas, que el egocentrismo, etc.
La rivalidad de Argentina y México es sana, y nos ha dado excelentes partidos hasta el momento. No se guarda rencor por las derrotas, aunque calen. Pero de andar de vengativo y malaleche, jamás.

Lo de las drogas... Maradona fue grande A PESAR de las drogas, no GRACIAS A las drogas. Intenten salir a correr un sábado en la mañana después de ponerse una borrachera de aquéllas, y rendir a un, si no bueno, regular nivel. Así con él, se descuidaba pero a la hora de los partidos nadie lo paraba. No le hacían bien, al contrario.

El futbol no conoce patrias ni colores. Como decía Eduardo Galeano, "Yo voy por las canchas mendigando una buena jugada." Donde la encuentre, de quien la encuentre... la voy a agradecer. No importa si es de un ruso, de un letón, de un francés o hasta de un tigre...

saludos, gracias por sus visitas y si se toman la molestia en comentar, les agradeceré mucho. Se trata de fomentar el debate futbolero. Todo con respeto e inteligencia, el que se enoja pierde.

un abrazo