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domingo, 10 de abril de 2011

Teorías conspiracionales


Soy un hombre que busca guiarse por la razón y por observaciones prácticas. Como consecuencia, la enorme mayoría de las "ciencias" basadas en la fé no me causan repudio sino aburrimiento. No sé, es como Woody Allen mencionó en una entrevista reciente (parafraseo): "No es lo mío (el catolicismo) pero respeto que a determinado tipo de gente le funcione. No tengo nada en contra de éso." Lo aplico igual: si alguien cree y le beneficia creer que su destino está predeterminado o condicionado por los movimientos astrales, be my guest. Pero no me pidan que comparta esa creencia o que lo vea como algo lógico y razonable.

En dos ocasiones en este fin de semana escuché/leí comentarios sobre futbol que no son la primera vez que los leo y escucho; comentarios relacionados con lo "trucado" del futbol y las mañas que se dan por debajo de la mesa.

Aclaro. Estoy perfectamente consciente de que la corrupción y los malos manejos existen en todos los ámbitos y aspectos de la vida porque es algo inherente al ser humano. Cuando existe una tentación, es más fácil que una persona sucumba a ella que permanecer impávido y rechazarla. Precisamente por lo poco común que es permanecer impoluto es tan apreciado.

A lo que yo voy cuando digo que me causan gracia estas afirmaciones es cuando se tratan sobre "resultados arreglados" o que los arbitrajes le den cierta preferencia a un equipo. Vamos, éso es tonto e irracional.

Ejemplos:

1. En el 2009 cuando el Monterrey quedó campeón ante el Cruz Azul, en varias ocasiones escuché decir que el título se le había "otorgado" a los Rayados única y exclusivamente por el reciente fallecimiento de Antonio De Nigris. Una PENDEJADA con letras mayúsculas y que solamente puedo entender como un intento de demeritar un logro conseguido en buena lid.

Ahora bien, no niego que funcionó como revulsivo, especialmente en un equipo en el que el hermano menor del antiguo delantero rayado estaba participando activamente. Hay muchos factores que intervienen a la hora de determinar los causales y motivantes de un suceso. Obviamente, uno muy importante en esta situación fue el fallecimiento de Antonio. Unió al equipo, les aportó una motivación extracancha y funcionó como revulsivo. No por nada Aldo, su hermano, tuvo una Liguilla destacada y anotó goles fundamentales.

Pero de ahí a deslizar el comentario mala leche de que se REGALÓ un título... Pregunto: ¿Quién lo regaló? ¿La Federación Mexicana de Futbol? Ok, supongamos que se diera cierta "línea" de favorecer hasta cierto punto al equipo del Monterrey... ¿Saben todos los imponderables que existen en un partido de futbol, en el que se juegan 90 minutos, en el que "coreografiar" un partido o una jugada es imposible, en el que aunque Ud. no lo crea existe algo que se llama ORGULLO y que te impide renunciar a la gloria personal? Por puro egoísmo, ningún jugador regalaría una victoria. Ellos más que ningún otro están conscientes de que ganar y los éxitos conllevan un beneficio económico, y pues de éso viven.

2. Los arbitrajes a favor o en contra. Otro tipo de tontería. Los aficionados del Barça se quejan de que al Real Madrid se le favorece, y viceversa. Existen las rivalidades entre clubes y todo bien ahí, pero cuando las desmenuzas y te quedas con las particularidades te das cuenta que, desgraciadamente, el futbol apasiona y embrutece.

De nuevo, son tantos los factores que están en juego, las individualidades, los defectos y las virtudes técnicas, lo entrenado, las actitudes... que yo creo que es verdaderamente imposible creer en la malicia detrás de las decisiones. En su lugar, yo se lo adjudico al error humano del que ya hablé en ocasión anterior y que, al menos yo, veo como parte integral del futbol.

Entonces, cuando un árbitro se equivoca en una probable expulsión, fuera de lugar, gol anulado, etc., no es que le vaya al América o a las Chivas; es un simple error. Injusto, sí, pero un error sin mala intención.

Como reflexión final, esos comentarios y esas tendencias son las que me han enseñado a buscar la imparcialidad (hasta cierto punto) en el mundo del futbol. Digo hasta cierto punto porque sí, soy Rayado y aunque procure no hacerlo, es difícil resistirse a entrarle a ese apasionamiento que hace bastante divertido hablar de futbol.

Pero la pequeña gran diferencia es que yo no me voy a molestar por nada que digan de "mi" equipo. Creo que esa pequeña tara como aficionado al futbol la he ido superando poco a poco.

Creo firmemente que la manera más sana y divertida de ver el futbol es de verlo sin "irle" a un equipo. Disfruto tanto un gol del Manchester United como del Manchester City, del AC Milan como del Inter, etc. Me gusta que haya buen futbol, en donde sea, como sea, de parte de quien sea.

Como adéndum, creo que las teorías conspiracionales son un recurso de gente que está acostumbrada a culpar a los factores externos por los short-comings propios.

Y también, que el apasionamiento (en cualquier área en el que se presente) muchas veces tiende a desenmascarar la estupidez. Por éso las discusiones fanáticas sobre futbol, religión, política, arte, etc. más que repudio me dan flojera.

jueves, 3 de febrero de 2011

Un viejo narizón.


Como todas las tardes desde hace más de 30 años, Osvaldo Aréchiga, el mítico "Narizón", está sentado en su mecedora en el porche de su casa. Está completamente solo, como lo ha estado desde hace más años que los que lleva siguiendo esta rutina.

Mete la mano en el bolsillo delantero de la camisa y saca un cigarrillo. Con gesto automático, lo enciende y tarda en exhalar el humo, mientras su mirada se dirige al vacío.

Lleva más de 30 años viviendo en su casita de un piso, una recámara y cocineta en la calle Héroes de Nacozari de la Colonia Azteca #220-B. Es un viejo de 78 años, con la cabellera cana, de complexión robusta y una nariz aguileña de proporciones fabulosas que le ganó el apodo que lo persiguió desde la infancia.

Nunca supo hacer otra cosa. Para la escuela era tonto y flojo. Además, había que trabajarle para poder ayudar a su familia a sobrevivir. Era el mayor de 8 hijos (2 de los cuales fallecieron antes de cumplir el año de vida). Intentaba evitar pensar en su padre y en los pocos recuerdos que conservaba de él. Sí, era un alcohólico. Recordaba las escenas veladas por la neblina del tiempo en los que su madre lloraba y gritaba. El Narizón abrazaba a su hermano Lalo y le cubría las orejas con sus manos, mientras él seguía acostado con la mirada ausente y desconcertada.

Entonces fue una jugada del destino que la torpeza para las habilidades mentales, Dios se lo compensara con ese don. Con un balón de futbol, con un montón de trapos amarrados, con una naranja y (había testigos) con una canica... era un natural. Parecía que sus pies y el objeto en cuestión tenían una relación simbiótica incomprendida por el Universo, que los había puesto en lugares separados. Él veía un arte en malabarearlos, inventaba nuevos jueguitos, contaba y constantemente superaba su record. Ese talento dispuso que el único buen recuerdo de su padre, fuera cuando lo llamaba a la cantina en la que pasaba las tardes el viejo para que demostrara a los beodos del lugar que era cierto, que había un prodigio en el barrio.

A los 11 dejó de estudiar para trabajar de lo que cayera. A los 13 su papá se fue con "la huila de Rosita", según palabras de su madre. A los 14 dio su primer beso. A los 15 lo descubrió el Atlético Bari.

En una tarde que parecía haber acontecido en otra vida, estaba en el potrero jugando con los de costumbre. Al ser el crack, se le encomendaba organizar los equipos y su equipo siempre jugaba con menos. Entre semana, jugaban desde que salía de trabajar hasta que la Luna no los iluminaba lo suficiente como para jugar. Los fines de semana, cuando era libre, jugaban todo el día hasta que su mamá lo mandaba llamar.

Él controlaba su talento. Sabía que eran juegos, que si su equipo siempre ganaba 15-3 terminarían por fastidiarse de él y tal vez le prohibirían jugar. Entonces, tocaba la pelota lo menos posible, intentaba que sus compañeros anotaran los goles, no driblaba ni conducía el balón. Y a veces, se equivocaba. Fingir con su querida le dolía en el alma pero son sacrificios que uno tiene que hacer. Terminaba los partidos con un grito de gol ahogado en la garganta, y una envidia verdadera hacia los que tuvieron la dicha de enviar sus trazos a la inmortalidad del gol.

Pero a veces se descuidaba. Afortunadamente, ésa vez se descuidó.

Había llegado un chico nuevo que no era nada malo. Para variar, descubrió la competencia y éso encendió un fuego en su interior. Pedía la pelota a gritos, se enojaba con sus compañeros y le mentaba la madre al flaco del Jirafa que había mandado el balón volando sobre el travesaño. Si normalmente sobresalía, ahora brillaba. Pero el nuevo aguantaba bien, no se desesperaba, lo perseguía y, de vez en cuando, le daba una patada en la espinilla que al Narizón no le caía nada bien.

Le llegó el balón en la media cancha. Controló exquisitamente y levantó la mirada. Le cayeron inmediatamente dos, y con dos movimientos de cintura, una gambeta y un cambio de velocidad los dejó plantados en el suelo. Enfiló a toda velocidad hacia la meta, cacheteando el esférico, acariciándolo, pensando en nada mas que en el gol.

Le salió al cruce el chico. Lo amagó hacia fuera, y nada. Pisó la pelota y la rodó hacia atrás, y el chico seguía imperturbable. El Nari no se desesperó. Levantó la mirada, fintó con ella un pase lateral y en su lugar pisó el balón, lo punteó con el otro pie para que rebotara en el talón, y como un acto de prestidigitación, con el talón del otro pie envió el balón hacia delante, sobre la cabeza del anodadado defensor. Lo demás fue lo sencillo. Siempre sabía a donde patear, donde el arquero jamás alcanzaría a su querida, donde el destino que la aguardaba desde siempre se convertiría en realidad.

Lo que pasó después fue todavía más sencillo. Resultó que el chico era hijo del entrenador de Fuerzas Básicas del club. Eran recién llegados a la ciudad, y el señor Piazzola estaba observando a su hijo. Su orgullo como padre se vio malherido, pero su ilusión como formador de futbolistas se encendió como nunca antes lo había hecho y jamás volvería a pasarle.

Entró después del gol como loco a la cancha. Con lágrimas en los ojos de dicha y felicidad, se detuvo primero ante su hijo y le dio un beso y un abrazo. Su hijo era talentosísimo... pero el otro chico era un fuera de serie. Un animal mítico destinado para ganarse la admiración, la envidia y a veces el odio del mundo entero.

Ahora, pensaba con amargura el Narizón, costaría una barbaridad ficharlo. En aquél entonces, la simple promesa de ficharlo, de encargarse de la alimentación y los estudios de cada uno de los integrantes de su familia, bastó.

Entonces a los 15 y medio llegó a las instalaciones del club. Tras de un vertiginoso ascenso en todo el aparato de formación en el que todos quedaban sorprendidos y temerosos del talento en ciernes, a los 10 días de su cumpleaños 16 debutó en la Primera. Tuvo una tímida solicitud para con el entrenador... boletos para su familia y sus amigos, porque nunca habían ido al estadio. El entrenador, un hombre viejo, sonrió, le dio un pellizco en el cachete y le dijo que no se preocupara. Además, no era tonto el viejo... este chico era un genio. Uno de ésos que se dan cada cierto tiempo, que crecen como rosas en el asfalto, que son anormalidades de la Naturaleza. Convenía pues, tenerlo contento y a gusto.

El periódico del día siguiente rezaba en la portada, "Un crack chiquito". Nadie sabía que existía, entonces que entrara al minuto 75 del segundo tiempo sorprendió a los informados. Un niño entraba al campo. Desgarbado, alto, con el pelo negro negro casi cubriéndole los ojos, con la mirada gacha... y una nariz descomunal. Las sonrisas colectivas no se dejaron esperar. Los reclamos e insultos al entrenador tampoco. Los jugadores del equipo rival rieron con arrogancia, y el 5 de ellos, un grandote barbón apellidado Loreto se le acercó con clara intención de intimidarlo. Era conocido en toda la Primera como el defensa más sucio, de negrísimas intenciones y siempre jugando al filo del reglamento. Se le acercó fanfarroneando, y le dijo algo al oído. Loreto se alejó carcajeándose y el Narizón se quedó plantado, llorando de rabia. No era fuerte, ni era alto. Todavía no era un hombre... pero sabía como cobrar su venganza al honor maltrecho.

Pidió el balón inmediatamente. Los jugadores de su equipo lo conocían de fama, pero todavía no confiaban en él plenamente. No le dieron el balón y el Nari arrancó corriendo como una saeta. Le arrebató el balón al número 10 de su equipo, e hizo algo que pasó a la historia.

Sus biógrafos dicen que ahí nació la leyenda. Como todavía no existía transmisión de partidos por TV y era un partido insulso de dos equipos ya eliminados, no existe evidencia que de cuenta de ese gol. Si se tomaran como ciertas las aseveraciones de todos los que han dicho que estuvieron ahí y vieron su debut y ese gol, se hubieran necesitados 2 Maracanás para darle alojo a tanta gente.

Existe solo una foto... el Narizón mira hacia abajo retadoramente a Loreto. No existe odio en su mirada, solamente la satisfacción de la retribución. Loreto parece que vio a un fantasma.

Lo demás fue sencillo... Se convirtió en el ídolo de la tribuna. Anotaba goles de todas las maneras posibles, de cualquier distancia, ante cualquier rival. Todos los gritaba como loco. En la siguiente campaña quedó de goleador con la sorprendente cantidad de 33 goles en 18 partidos. El Atlético Bari festejó un campeonato después de 20 años de sequía. Fueron los buenos tiempos.

A los 18 años, llegaron de Europa con una oferta millonaria y promesas de prosperidad y éxito. Y así, se fue a Italia.

Era un chico inocente. Amaba a su familia, al balón, su vida. La fama no lo mareó. Antes bien, seguía con los pies bien plantados en la tierra y sin ensoberbecerse. Sonreía, era feliz.

Siguió marcando goles. Las convocatorias a la Selección Mayor llegaron. Se hablaba con orgullo de él en su país, lo presumían como Tesoro Nacional. Como el crack que los dioses habían mandado para llenar de alegría a un pueblo tan carente de las mismas.

Entonces, llegó a su destino. Era un partido como cualquier otro, conducía el balón con la misma ternura de siempre, el mismo desparpajo. No contaba con la existencia de la maldad, del odio, del deseo de venganza cueste lo que cueste.

Sabía que en el equipo contrario estaba el hijo de su descubridor. Juntos eran el futuro de la Selección. No recordaba su rostro pero lo reconoció dentro de la cancha.

En un momento de inspiración se plantó frente a él en la cancha, y realizó la misma jugada del potrero. Sonreía, veía la pelota descender, midiendo el tiempo y la distancia para dormirla con el empeine de su pie derecho.

Entonces, sintió dolor. Cayó al suelo todavía sin darse cuenta de qué había pasado. La multitud calló en el estadio. El tiempo se volvió lento; miraba a todos lados, gritaba, lloraba de dolor. Veía y no veía su pierna derecha, hecha trizas. Volteaba a ver perplejo a su antiguo compañero. Su mirada imploraba explicaciones, una justificación. La del otro, la satisfacción del hambre saciada.

Fue llevado al hospital inmediatamente. Con amargura pensaba ahora... eran otros tiempos. No existían entonces las cosas que hay ahora. ¿Por qué no pudo haber nacido 25 años después?

Lo operaron en el hospital italiano y le amputaron la pierna derecha. Se habló en los medios de una conspiración para acabar con las esperanzas la Nación. De que el traidor a la Patria había sido comprado, cual moderno Judas. La verdad es que todo era más simple: la Medicina no sabía todavía solucionar su problema, y era una rencilla insignificante para todo mundo menos para el humillado.

Regresó a casa... Nunca se casó. No estudió nada, ni le quedaron ganas de salir y empezar de nuevo. ¿Qué podía hacer, si no había otra cosa para la que fuera bueno y por la que sintiera tal pasión?

Sus hermanos formaron su vida gracias a él. Era lo único que le agradecía al futbol. Lalo su hermano se encargó de ponerle esa casita, ya que el Narizón no quería vivir con ellos. Se alejó de su familia, se alejó de sus amigos, de todo mundo. Se convirtió en un muerto en vida, en una leyenda, en una historia de "y si hubiera..." colectiva.

Su familia se dio por vencida. Él había escogido esa casa, él les había solicitado, no, implorado, que lo dejaran solo. Verlos era recordar, reabrir las heridas que jamás cicatrizarían.

Ahora se la pasa encerrado en su casa. Despierta temprano, prepara su desayuno y lee. Qué cosas... antes detestaba los libros y ahora no puede pasar un día sin leer uno. Se convirtieron en su refugio.

Pero siempre, a las 5 P.M. sale al porche de su casa, con una taza de té en la mano y su paquete de cigarrillos. Espera cuanto tiempo sea necesario... llegarán. Prodigio de la naturaleza en toda manera, sigue con la misma visión que a sus 15 años. A la distancia, ve llegar a los chicos del barrio que se disponen a empezar a jugar.

Y el viejo sonríe...

sábado, 18 de diciembre de 2010

África inocente



En el papel, tienen todo para ser los mejores del mundo. No es casualidad que los atletas de color han dominado en los deportes, solo es de hacer memoria: Jackie Robinson fue el primer beisbolista negro aceptado en la MLB y, para utilizar términos futboleros, la "rompió"; y a partir de ahí, los atletas de color independientemente de su procedencia, son los mejores.

El futbol americano está plagado de jugadores afroamericanos. Sí, tradicionalmente se la daba cierta preferencia a los QB's caucásicos... pero en años recientes aparecieron Michael Vick entre otros para demostrar que también saben lanzar el ovoide.

En basquetbol, en atletismo, ni hablar. Es raro encontrar jugadores caucásicos que sobresalgan. El Heat de Miami se reforzó esta temporada con tres superestrellas: Dwayne Wade, Lebron James y Chris Bosh... los tres afroamericanos. Usain Bolt se encarga de asombrar al mundo superándose a sí mismo en la competencia de 100 metros planos cada que se le antoja, y antes que él estaban Carl Lewis, Michael Johnson o Jesse Owens.

Hasta el momento, son pocos los deportes en los que todavía no domina la raza negra, como la natación, el hockey... pero citando al comediante Chris Rock: "niggas don't skate!"

Sin embargo, en ningún deporte se ha augurado un futuro tan brillante y tan dominante para los atletas negros (uso el término de manera no despectiva, sino porque no se me hace tan políticamente incorrecto) como en el fútbol.

Y sí, uno puede decir que en la selección de Brasil ha habido futbolistas negros desde siempre. También que el brasileño (y tal vez el futbolista) más brillante de la historia, O Rei Pelé, es negro. Ejemplos hay bastantes, pero me refiero en esta ocasión a los negros africanos.

Cuando apareció George Weah era la excepción a la regla. Consiguió ser el primer africano en recibir el premio de la FIFA al Mejor Futbolista del Año en 1995, algo sin precedentes. Destacó y triunfó con el AC Milan en la década de los 90's, aunque con su selección nacional, Liberia, jamás pudo destacar a nivel internacional. El destino le jugó una pesada broma geográfica que jamás le permitiría participar en una Copa del Mundo.

A partir de entonces comenzaron a escucharse voces predictivas de especialistas pegándole al Nostradamus: es cuestión de tiempo para que los equipos africanos dominen. Son superiores en fortaleza, en velocidad, su falta de disciplina táctica los hace impredecibles, disfrutan el futbol... esperen y vean.

Y siguen surgiendo individualidades aisladas que permiten que esas voces no se apaguen después de más de 10 años hablando. Eto'o, Drogba, Adebayor, son solamente algunos jugadores africanos que brillan en el futbol europeo y fungen como capitanes en sus países.

Antes del mundial de Sudáfrica 2010 las voces retomaron fuerza: ahora es cuando. Los equipos locales de una manera u otra avanzan, muchos de los jugadores africanos participan en equipos europeos, se han empapado de la disciplina táctica al ser reclutados desde temprana edad por los equipos de las ligas más competitivas. Si eran diamantes en bruto, ahora habían sido pulidos y estaban listos para deslumbrar al mundo.

Todo quedó en promesa. Solo uno de los equipos africanos calificó y lejos de sorprender, se convirtió en favorito sentimental por la inocencia y desparpajo de sus jugadores. Nada diferente al Camerún de Italia 1990, a Nigeria de 1994, a Senegal del 2002, etc. Los underdogs de los torneos mundiales son africanos. El mundo quiere verlos llegar lejos a sabiendas de que son sueños guajiros verlos campeones.

Y las voces persisten y retoman fuerza cuando un equipo como el TP Mazembe, a pesar de la insignificancia del Mundial de Clubes sacado de la manga por la FIFA, llega a una final contra el Internazionale de Milan, el equipo campeón de Europa. Desconocidos, eliminaron al campeón de la CONCACAF (Pachuca) lo cual se calificó más como un fracaso mexicano que un acierto africano. Pero el vencer al Inter de Porto Alegre, el campeón de la CONMEBOL, disminuyó el menosprecio. ¿Podría ser cierto que este equipo totalmente desconocido en el medio futbolístico internacional lograra lo imposible?

No lo niego, yo los quería ver ganar. Me gusta apoyar a los menospreciados y sé que los jugadores del Inter no iban a disfrutar un campeonato de este nivel como lo hubieran valorado los jugadores del Congo. Los quería ver bailar, los quería ver brincar, festejar de maneras inusitadas contagiando al mundo de la alegría que sienten al jugar futbol.

Gol a gol a gol, fríamente, con paciencia, con inteligencia, el Inter de Milan apagó esas ilusiones. Los jugadores africanos se notaban sorprendidos: así no terminaba la película en el guión que se fabricaron mentalmente. Sí, intentaron de diferentes maneras pero los festejos se quedaron guardados en el cajón del olvido y de las ilusiones perdidas.

No dudo que falta poco para que brillen y conquisten algún campeonato. Partidos como los de hoy son evidencia de lo que puede ser. Sin embargo, creo que falta mucho tiempo para éso. No tanto como para decir que México quedará campeón del mundo antes que ellos, pero en un futuro a corto y/o mediano plazo, lo dudo mucho.

¿Qué fue lo que pasó? Aunque es uno de los clichés más utilizados en el medio futbolero para describir a los equipos africanos, creo que situaciones así demuestran por qué se convirtió en cliché.

Los jugadores africanos son demasiado inocentes.


domingo, 24 de octubre de 2010

Clásico que te quiero ver.

Las grandes rivalidades siempre han existido. Son maneras que nos inventamos para romper la monotonía, para darle especial renombre a cualquier tipo de encuentros, para sentirnos todavía más parte de una competencia.

En el futbol existen, y existen muchos. Algunos, los más, se definen por mera cuestión geográfica. 2 equipos son de la misma ciudad, la afición se encuentra dividida, el honor de presumir superioridad está en juego. El ejemplo arquetípico de esta rivalidad se encuentra en Milán. El AC Milan de Berlusconi y el Inter de Milán de Moratti. Dos equipos de larga tradición, con numeros escudettos y paridad en los logros. Totalmente incapaces de compartir el mismo estadio... pero en aras de la economía, es menos costoso utilizar el mismo con diferente nombre que construir uno diferente. (Estadio Giuseppe Meazza si juega el AC Milan, San Siro si es el Inter).

Los partidos se convierten en algo todavía más importante que la vida y la muerte. Es la defensa del orgullo, de poder salir a la calle con la mirada de frente, de vivir sin burlas. Dos hombres con todo en común pudieran ser grandes amigos, y esta única diferencia los podría llevar a discusiones, confrontamientos, agresiones físicas y verbales. En la historia del futbol en las tribunas, ha llevado a muertes.

No hay patria más grande que el club que se defiende.

El mejor cuento de futbol sobre este tipo de partidos ya está escrito, y se titula 19 de diciembre de 1971. El autor es el Negro Fontanarrosa, caricaturista argentino, aficionado de Rosario Central. (http://faculty.chicagobooth.edu/christian.broda/website/more/19%20de%20diciembre%201971.pdf)

Luego comentaré de ese cuento, ahorita en lo que me quiero enfocar es en otra cosa. Sí, existen esos Clásicos basados en la localización. Pero hay otro tipo de Clásicos, quién sabe si más importantes pero sí diferentes. Éstos están basados en una animadversión existencial. No te odio porque juegues donde juego, sino porque lo que representas es todo lo que yo no soy. No necesito de tu legión de aficionados, tengo la mía que es incondicional. Si me ganas, mis filas no se verán mermadas.

Yo soy humilde. Tú eres soberbio. Yo soy picardía. Tú eres orden. Yo soy sincero. Tú eres mentira. Yo invierto en la juventud. Tú gastas en lo ya hecho. Yo soy disciplina. Tú eres desorden. Yo me presumo simple. Tú te enorgulleces de ser presumido.

De ésos hay menos. Muchos aspiran a ese lugar... pero esas rivalidades no se inventan en un estudio de TV. Se fermentan en las canchas, en las tribunas, en las casas, en los parques, en el trabajo.

El Clásico por excelencia en México siempre ha sido el América-Guadalajara. Son los dos equipos más triunfadores, representaban sectores poblacionales diferentes.

El Guadalajara es el equipo de México (no hagamos caso a Jesús Martínez y su Pachuquita), apoyado por la Nación Chiva, que en todo México siempre hay un chiva hermano. Eran humildes... o lo son en su mayoría, hasta que apareció Vergara.

El América es el equipo de Televisa. No le importa gastar mientras se consigan resultados. Los jugadores son presuntuosos, dan una impresión de sentirse y saberse superiores en todo. Los aficionados soberbiamente dicen: "ódiame más". Se saben detestados y lo disfrutan.

En teoría, esta rivalidad es la número uno del país. Todos los ingredientes ahí están.

Desafortunadamente, desde hace unos años a la fecha falta el principal. El futbol.


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